martes, 10 de agosto de 2010

Empedrados

Como no querer a alguien como ella. Si le sobran virtudes por todos lados. Casi que se le caen cuando camina y ella no las junta. Porque le sobran otras tantas.
Y así recorre las calles. Siempre prefiere las diagonales, porque acercan distancias. Y los empedrados. No sé porque le gustan los empedrados. Seguramente ella también ignore el porqué de su predilección por ese estilo de calles. Transita todas con soltura. Ni siquiera en pleno centro mira una vidriera. Busca paisajes y para peor, los encuentra.
En su cartera de hilo, cuya pobre terminación desvelaría a cualquier artesano, lleva de todo. Cosas de mujeres. Cosas. Pero siempre un libro entre esas cosas. Un libro cualquiera, que se repetirá durante dos días, quizás tres. Hasta que lo termine y deje su lugar a otro libro, y empiece a formar parte de su cabeza. En donde tiene más libros que en cualquier cartera.
Y vendrá contando cualquier genialidad y dará un beso que deja en la boca mezcla de un cigarro que fuma a las perdidas y Juan Gelman. Cuando te da un beso. Porqué bien puede venir con planes de no darlos. Porqué hay veces que se le ocurren cosas como esas y planta bandera en posiciones bélicas, que por lo pronto y por suerte, no la llevan a ningún lado.
O quizás llegue conmovida por algo que al mundo le viene pasando desde siempre, y aunque no lo ignoró nunca, hoy la perturbara más de lo común. Y se llenara de odio, maldecirá a todos y a todas las cosas. Ningún político valdrá la pena, porque la democracia no la vale. El Estado será un montón sogas que ahorcan y será deber de todos ir cortándolas. O no. No sé si sabe que es lo mejor. Pero entiende que este no es el camino y la acongoja hasta las lágrimas.
Así va caminando y ahí viene mientras es imposible ignorar que viene, porque las cosas que provoca no son cuentos. Y así comienza la intriga de que tendrá planeado, con que humor viene, con que humor llega. Que libro leyó y que le provocó. La adrenalina de que venga de visita algo fuera de serie. La necesidad de conservarlo. Por más que no venga por el empedrado y conozca de memoria el paisaje de esta última media cuadra, desde donde la veo y ella parece no verme.

5 comentarios:

Agui dijo...

Ey que lindo que volviiiiiste, me encanta!!
Este ya lo habia leido, pero es divino...asi que como ya te habia dado mi devolucion, me la resrvo! ;)
Te quiero felipiiiin!

Felipe Alonso dijo...

Gata, si. Conozco tu devolución.
Y se que es buena porque me queres.
Pero te acepto esa parcialidad, porque también te quiero

Maggie dijo...

Volviste a conmoverme. Qué facilidad que tenés. Vos y tu mundo y tu ruido. Y tus palabras y tus armas.

Anita dijo...

Hola, la primera vez que chusmeo tu blog y me encantó lo que escribiste pero más me encantó lo que sentí mientras lo leía!

Anónimo dijo...

sabés que...en algún momento de mi vida, leí muchas cosas sobre, digamos personas especiales. Perdón, me voy a prender un cigarrillo.Listo.
Decía que he leído mucho sobre esto, digamos; sobre hombres y mujeres especiales;hasta sobre mí he leído. Alguna canción alguna poesía. Pero hubo algo entre estas apretadas letras que me retrotrajo hacia esa ciudad que soñe que era La Plata, y como me imaginaba entre esas calles.
Antes, hace un par, o más de un par de años, la ciudad tenía muchos más árboles o al menos eso veia yo, cuando estaba (aún) más cerca del suelo. Y había más aire.
Cuando al fin me deposité al destino y a esta ciudad, deje de sentir ese aire que me mostraba quizás un amor que dejé acá hace años.
Ese viento, más bien esa brisa volví a sentir. Gracias por eso, amigo.
Luisina